Peces y cucarachas
Armábamos una peda para fin de año. Era 2021. Cuatro aspirantes a poetas que se habían conocido en los talleres virtuales de un compa en Chiapas. Nos unía, entre otras desgracias, vivir en el oriente del Valle de México. Pero de vernos las caras, de convivir cuerpo a cuerpo, nada. Por eso la peda y para eso un grupo de WhatsApp: Ottolovers. Ahí empezó la amistad.
Alguna vez nos dio por hablar de la personalidad de autor y de los nombres artísticos. Pretensiones de eternidad. Quiérase que no, cuando uno comienza a escribir, a menos que sea de plano acá, quiere entrar en la conversación y que lo nombren y lo citen. A veces, más que la obra, la autoría. Para entonces, los cuatro ya habíamos publicado en revistas independientes. Poco después nos antologarían juntos en la colección de dosieres Poesía no consagrada, de la Editorial Granuja.
Nuestros nombres se prestaban al travestismo. Había que encontrar la combinación adecuada para circular entre la demás gente que escribía sin mostrar de más el hambre de reconocimiento. Yo, siendo el mismo diablo, fui Jesús Antonio González Galindo, Jesús Galindo, Chucho Galindo y Chucho G. Galindo. Uno de nosotros, minimalista, ni se quitó ni se puso y fue nada más que su nombre. Otro, más hábil para la cirugía transnominal, juntó sus dos apellidos y se inventó uno nuevo: Herso.
Dentro de nuestra identidad de compas, por rastreras, me gustaba la idea de las cucarachas como tótem para representarnos como colectivo de creación. Ellos, por su parte, habían participado en un taller donde el tallerista les decía, cariñosamente, peces. Entonces, paralelo al Ottolovers, a modo de bautizo, puse los emojis de una cucaracha y un pez y así quedamos bautizados.
Cinco meses después ya no hubo nada que decir y el grupo guardó silencio. Los que éramos dejamos de ser y jamás hubo plan de volver a armar otra peda. La buena intención revolucionaria de los proyectos de escritura colectiva quedó archivada en WhatsApp. De uno no volvimos a saber. Otro cambió la escritura por el fisicoculturismo y ahora es una estrella. De los cuatro, sólo dos, aferrados a escribir, seguimos. Y así, como nada más, seguimos.
A este hombre que nos convoca, David Gutiérrez Pichardo, le tocó ser, durante un breve tiempo, por la combinatoria de sus apellidos, para nosotros, entonces compas, entonces cucarachas, entonces peces: Gupi.
Full Black Moscow
Se estima que en el planeta podría haber hasta nueve millones de especies. Esto no significa que tengamos nueve millones de certezas sobre los cuerpos que lo habitan. Se han descrito alrededor de un millón y medio de especies, aunque no conocemos millón y medio de mecanismos y estrategias de supervivencia. Apenas nos alcanza para un puñado de verdades desperdigadas entre tanto organismo. Y, como ocurre con casi todo, esas verdades están mal repartidas. Pocas especies se llevan los reflectores y los papers y a los millones restantes no hay quien se moleste en preguntar cómo le hacen para seguir vivas.
Poecilia reticulata es el nombre científico de unos pececillos que se crían, se venden y se compran bajo el nombre comercial de gupis. Son pequeños, coloridos, fáciles de cuidar y de reproducir. Por eso y por la extravagante variedad de formas y colores que pueden ofrecer al capricho humano, la acuariofilia les reserva un lugar de privilegio. En parte por eso, entre todos los vertebrados, se cuentan dentro de los más estudiados. Tanto los hemos mirado que algunas de nuestras grandes verdades sobre los peces se han confirmado o descrito usando, como modelo, gupis.
Sabemos, por ejemplo, que paren crías vivas en lugar de abandonar sus huevos a la suerte del agua. Conocemos sus tiempos reproductivos, sus exigencias alimentarias, sus enfermedades más comunes y los remedios para devolverles la vida. Les conocemos tan bien la biología que nos hemos permitido jugar a ser naturaleza, seleccionando artificialmente sus colores y formas y produciendo variedades al gusto del consumidor: Tuxedo, Snakeskin, Grass, Koi, Full Black, Moscow, Black Moscow, Full Black Moscow.
Poesilia reticulata es el nombre con el que nos referimos al intento científico por describir la escritura de los gupis. O, para no apresurar generalizaciones, la de uno.
Acuariofilia
El Gupi, David Gutiérrez Pichardo, hace con la poesía lo que los criadores de peces hacen con sus tocayos: le mete mano, la cruza, la retuerce y la somete a una recombinación genética improbable hasta conseguir criaturas que nunca habrían surgido sin la intervención de sus dedos. Pero aquello mutante que nada en Poesilia reticulata se escurre por los espacios entre versos. Una palabra en inglés se niega a ser traducida, los árboles se ramifican en lenguajes cetáceos y las letras se acomodan hasta formar las aletas de otro pez. Palabras que se reproducen, vivíparas, pariendo otras palabras que no saben qué decir.
Poesilia reticulata es menos un libro que una bitácora de una investigación. Parte de la sospecha de que el poema es un organismo vivo y, para demostrarlo, el Gupi observa y diagrama sus posibles mecanismos de supervivencia. Propone una anatomía de tres componentes: palabra, imagen y significado. Luego los disocia y vuelve a juntar mediante el extrañamiento. Pide imaginar un triángulo, traducir fluoxetina en una imagen y dibujar la lluvia. De los posibles nueve millones, ¿cómo le hace esta especie llamada poema para seguir viva?
Pero a ratos se olvida del rigor y termina deformando lo que estudia. El poema, metástasis, invade otros tejidos y se multiplica en preguntas: ¿Qué hacer con la tristeza? ¿Qué nombrar por amor? ¿Qué hacer con la imposibilidad del poema para detener la bomba que se nos viene encima? Las conclusiones se contradicen. Los organismos mutan. En algún lugar acepta que las palabras no van a salvarlo, pero tampoco puede dejar de escribirlas. De entre los posibles nueve millones, ¿cómo le hace esta especie, el humano, para seguir viva a pesar de su poesía?
Ante todas las preguntas, más preguntas. Y el Gupi no ofrece una respuesta definitiva. Supongo que sospecha del cautiverio que representa la verdad. Poesilia reticulata es materia dispuesta y al alcance. La forma experimental no se come al mensaje ni lo oculta. A uno, lector, le toca ver un poco adentro y un poco detrás del vidrio, intentando describir sus movimientos.
Pez como es, escurridizo, el gupi, el Gupi, no se avienta más que al agua.
Peñón Viejo
En pleno 2026, el muy cabrón de David llega a su casa en coche. Obsceno, abre su aplicación del banco y ve números positivos. Insaciable, cuida plantas caras y a una perrita llamada Helena. Abominable, es vegano. Inmamable, escribe.
Pero si bien hoy su vida se aleja cada vez más de la del trabajador promedio mexicano, puedo dar fe de que el germen de su escritura nació en las peseras que tomaba desde que estudiaba en una prepa de la UNAM y trabajaba al mismo tiempo.
No defiendo que la escritura intersticial sea, por sí misma, más relevante o buena que aquella que se acuna en oro. Pero sí creo que la dificultad de terminar el mes queda grabada, de una u otra forma, en lo que se poetiza. El ritmo del transporte que va frenando para cargar se siente en los textos que componen esta obra. El tedio del regreso del trabajo también. La escritura de Poesilia reticulata mantiene una aleta en los charcos de Neza. Pesera más que pecera.
La verdad no sé quién sea El Autor, si esté vivo o muerto, dónde empieza o dónde termina. Alguien después se pondrá de acuerdo. Pero de que no escribe solo, no escribe solo. Y este compa, David, si algo de pez tiene además del apodo, es que hace cardumen por donde menea la cola. Va juntando criaturas y contaminándose de las voces que encuentra en el camino. Su escritura es la promiscuidad afectiva donde nadie sale sin un tallón. Una anastomosis de experiencias, diríamos, una red de vasos por donde circulan las vidas ajenas y, más importante, su lenguaje.
Podríamos combinar nuestros apellidos hasta encontrar la firma más adecuada o inventarnos un nombre que suene a más, pero nunca terminamos de escribir a una sola mano. La escritura se dedea entre varios y este atasque permanece en la memoria. David escribe y con él escriben quienes le han acompañado.
Los que fuimos entonces ya no somos. Y las personas que fueron con él y que tampoco son, de algún modo, seguimos siendo. Qué pinche cosa rara la memoria, que se empeña en conservar lo que la vida ya reintegró a su ciclo. En Poesilia reticulata está esa obstinación: gatos, nubes, ballenas, peces, cucarachas. Existencias cruzadas, queridas y perdidas que dejaron o dejarán de coincidir. Lo que quedó, pero quedó escrito.
Al final, tras las mutaciones, resulta que volvemos al mismo lugar. Como antes, cuando no teníamos trabajo estable ni coche, que regresábamos de una peda en la Ciudad, ya destrozados, con lo último del pasaje y olor a mucha gente. Ahí nos despedimos todos, David, a la salida del Metro Peñón, en el paradero.


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