La caverna de los perros
Criado entre sabuesos, decepcioné temprano, como corresponde a mi vida. El olor, en la familia: una certeza zoológica. Me hablaban de la choquía, pero yo no daba. Por más que me acerqué al sartén todavía tibio del huevo revuelto; por más que me agaché sobre el piso mal trapeado; por más que me puse frente a los trastes donde rato atrás se había degustado pescado; por más que aspiré con disciplina de cachorro esperanzado, buscando quién sabe qué fantasma de evidencia de choquía; por más, nada. ¿Ese olor? Un mito. ¿Ese olor? Una verdad social sin evidencia. A ella se fue sumando un panteón de criaturas escapistas: la ropa guardada, el olor a viejito, la mugre.
Alguna partícula insustancial de caos, misteriosa en verdad, me llevó a coleccionar perfumes siendo, de la nariz, tullido. ¿Y qué crees? Le empecé a agarrar la onda. Como en todo principio, los aciertos comenzaron siendo coincidencias. Luego zozobra. Luego, por fin, apariciones marianas. Aprendí a leer, con los ojos de la punta del rostro, el clavo, el incienso y la tierra vetiver de Loewe 7; en Baccarat Rouge 540 y Safran Colognise, el azafrán de chamarra; en Sukimuki 7 y Essencial Oud, el oud. La mera verga, pues: el tullido de la nariz que, ajolote, la hizo crecer de nuevo. Y también, moho en la naranja, creció mi colección de perfumes.
Ese día cortaba nopales, cebolla y ajo para prepararme de comer. Echados al sartén, ya doraditos, puse cuatro huevos, tantito orégano, pimienta y sal. Tapé para que se cociera bien aquello en su vapor y esperé. Cuando levanté la tapa para checar su alquimia: la epifanía. Aspiré profundo. Ahí estaba la pimienta. Ahí el orégano. La cebolla y el ajo fritos. El nopal, ácido todavía. Y después… eso. ¿Cómo describirlo?
Hace poco leí sobre unos investigadores que consiguieron que un grupo de personas percibiera, durante unos segundos, un color inexistente para la humanidad. Un verde, dicen, fuera de toda palabra; un verde indescriptible. Salvando, por supuesto, las distancias, cuando destapé mi sartén y me hundí en sus vapores también vi un verde ajeno a mi lenguaje: el verde de todos los olores domésticos de los que había permanecido expulsado. Por fin, la choquía.
¿Tú distingues ese olor? Hay quien le dice “olor a huevo”, pero no. El huevo tiene otras biografías. Huele distinto crudo, cocido, frito, tibio, quemado. La yema va para un lado, la clara para otro. La choquía anda por ahí, es cierto, pero no se queda: es otra presencia, una evasiva. Para mí es lechosa, densa, espesa. Un olor táctil. Un olor desagradable. Tiene incluso algo dulzón que podría resultar interesante si no acarreara su mala reputación doméstica de mal trapeado. Es un olor de negligencia. Un olor misógino, de vieja fodonga.
Si la choquía creciera en una flor tropical de pétalos carnosos, si su fragancia se encerrara en un frasco de cristal, tal vez la describiríamos como interesante y retadora, de fondo lactónico, con matices animales. Porque algo de eso tiene, es verdad. ¿Almendra? Puede ser. ¿Frutos secos? Quizá. ¿Fecal? Sí, sin entregarse a la mierda, como uno. Un olor primo del oud, del comino y del azafrán; primo del sudor, del cuero, de la sangre y del culo.
Menos poética, la ciencia dice que la choquía está relacionada con compuestos producidos durante la degradación de proteínas y grasas. Por eso aparece con tanta facilidad alrededor de huevos, carnes, pescados y residuos animales. Por eso es un olor que nos remite a lo desagradable. Ajena a mi percepción, indiferente, siempre había estado ahí, soberbia, la choquía. Molecular como es, objetiva. Entonces, más que su olor, destapar el sartén y verla. Ver el mundo. Salir de la caverna y volverme protagonista de mi propia nariz. Materializar la leyenda familiar. Encontrar, después de todo, las palabras para describir ese pedazo del mundo. Respirar su hediondez de vapor doméstico, dulce. Respirar y entender a mi familia. Volverme, por fin, como ellas, como ellos, un sabueso.
Disruptores endocrinos
No falta, cuando uno empieza a coleccionar perfumes, la evangelización. El perfume, como todo vicio, se erige en religión y produce iluminados. No falta, cuando uno empieza a coleccionar perfumes, la letanía de consejos. ¿Cómo hago para que me dure más en la piel? Ponte cremas espesas para que tus tejidos no chupen rápido los aceites esenciales. ¿Cómo hago para que proyecte más? Ponlo en los puntos de calor más accesibles de tu cuerpo. ¿Y si me mancha la ropa? Cámbiate de ropa, nunca de perfume. ¿Y si me van a besar el cuello? Póntelo en los hombros y en el pecho para que no sepa amargo el chupetón. ¿Y los otros olores de mi vida? Ah, no; ahí sí la disciplina: nada de cremas, champús ni jabones perfumados, nada que pretenda la indisciplina de levantar otra fragancia ante quien verdaderamente reina. Si quieres un olor, un olor puro. Que el protagonista sea siempre, de todo tu outfit, de todo tu día, de toda tu vida, tu perfume.
Buen entendedor, ni tardo ni perezoso, quise dejar de usar suavizante cuando a mi colección le empezó a salir papada. Pero decir “quise dejar” es, en realidad, atribuirme un ser heroico que, en ese momento, no me correspondía. Yo no lavaba mi ropa. Por eso a quien sí lo hacía le pedí, amablemente, que ya no usara. ¿Por? Quiero que todos los días luzca, diferente para cada día, mi perfume del día. ¿Aceptó mi petición? Claro que no. La ropa se lavaba junta y separar la destinada al suavizante de aquella que debía conservar su celibato implicaba, según el diagnóstico, “mucho pedo”.
Muerto mi deseo de inmaculación, adopté, ya en milicia, la estrategia de sobreaplicarme. Porque si el suavizante quería guerra, a golpe de atomizaciones de perfumes cada vez más invasivos se le partiría su madre. Más en cuello, más en pecho, más en hombros, más en antebrazos, más en nuca y más y más y más en la ropa. Que la fragancia embotellada descendiera sobre mí como fumigación contra la mala hierba. Que el alcohol y sus aceites disueltos cayeran en formación cerrada sobre la camisa hasta someter aquel aroma a tela suave como el amor de mamá.
Conforme avanzó el tiempo, sin embargo, empezaron a acumularse en mi caja de herramientas para interpretar la vida otros motivos para desconfiar de aquel azul y espeso liquidito, ninguno con verdadera certeza científica. Prejuicuadi, me documentaba para una clase de educación sexual cuando apareció algo así como que el suavizante, potencial alérgeno, incrementa su riesgo anafiláctico si entra en contacto frecuente con mucosas sensibles como las vulvares. Igual, por su naturaleza grasa, que vuelve tersa al tacto la ropa, usarlo en toallas significaba volverlas trapo impermeable, es decir, inútil, es decir, indigna de ser llamada una. Y en la ropa deportiva, su química odorizada afecta la transpirabilidad y desgasta de forma prematura el elastano que le da al legging de gimnasio su constrictor poder. Más preocupante fue, en medio de la mediatización del concepto, completamente villano, que los suavizantes figuraban entre la lista de disruptores endocrinos, sustancias capaces de interferir con el equilibrio hormonal.
Los productos bajo sospecha incluían tampones, toallas sanitarias, pasta de dientes, jabones, champús, condones, medicamentos y otras tantas cosas cuya eliminación de la vida cotidiana resultaba, cuando menos, complicada. Pero el suavizante… ah, el suavizante. Ese sí podía irse, en corto. De todo el inventario capitalista hogareño era, con diferencia, la renuncia más sencilla. Las pruebas acumuladas por este abogado resentido: absolutas. El suavizante: confeso de su maldad. Ya sólo faltaba el fallo para la victoria del perfume.
La jueza, quiero decir, quien lavaba mi ropa, quiero decir, la persona a quien entonces amaba, revisó las pruebas y, ante la evidencia incontrovertible, falló a mi favor. El suavizante quedaba expulsado de la lavadora y, por extensión, de aquello que en ese momento todavía era nuestra vida. La resolución tuvo efectos inmediatos y permaneció grabada en piedra durante algo así como dos años. Pero las sentencias, hasta las más justas, dependen de las condiciones materiales que permiten ejecutarlas. La evidencia seguía siendo la misma. La jueza seguía siendo justa. El acusado cargaba diligente con sus cargos. ¿Qué cambió? La jurisdicción. Uno no es juez de lo que ya no es uno. No hay nosotros sin tú y yo. Así, por circunstancias ya explicadas en otro texto, la persona a quien amaba, quiero decir, la jueza, quiero decir, quien lavaba mi ropa, decidió marcharse de mi vida y, coherentemente, de mi lavadero. Cuando una segunda persona llegó, llegó también con ropa, poca. Y llegó dispuesta a lavar la mía. Sólo puso una condición, para pesar de mi perfume: cómprame una botella de Suavitel.
Los mares y los ríos
Si pudieras embotellar el amor para venderlo como perfume, ¿a qué olería? Lo armamos, cada una y cada uno, supongo, con los retazos que encontramos entre nuestra educación emocional y coyuntura. “¿Qué es el amor?”, además, cabría preguntar antes de averiguar a qué huele, ¿no? ¿Dónde empieza a dar sus primeros pasos la criatura? ¿En qué punto ponemos el límite para decir, oficialmente: aquí comienza? ¿Cómo lo parametrizamos, objeto, para la ciencia buena? Habría, en todo caso, que ponerlo bajo la lámpara de la plancha necroscópica, medirle el pH, calcularle la densidad y el punto de ebullición.
Algún acuerdo, no obstante, habrá urdido la historia del arte para descifrar su aroma. Algún cadáver exquisito estará enterrado en la literatura. ¿Qué olor habrán dicho los poetas franceses que tiene? ¿A lilas, coñac y madrugada? ¿A oporto, absenta y pintura con plomo? ¿Y será cierto? ¿Así? Porque, vaya, imaginando de botepronto el amor como perfume, pienso en algo rico, dulcecito. Pienso en mordida. Entre los perfumes se habla de familias y, entre esas familias, de los gourmand: aquellos que recuerdan a la comida. ¿Y qué no es el amor agarrarle hambre a una persona? ¿Qué no es el amor un otro devorarse?
Aunque no faltará el despierto que diga: no, el amor es grotesco. El amor es cárcel patriarcal. El amor es heteronormativo. El amor es una tecnología para administrar el cuerpo. Y mucha razón tendrá quien, flamígero, acuse con el dedo. Pero igual dirá otro, más vivo, que es grotesco porque, al final, el amor es fluido. Porque amar ocurre abajo, donde escurren sudores, menorreas, eyaculaciones y cagadas.
Pienso en el famoso perfume Sécrétions Magnifiques, de la casa État Libre d’Orange. En su declaración de intenciones está el ser seminal, anilingüístico, vúlvico, escrotal, glande, clitóreo y orgía. Pero quienes lo han olido también añaden formol y cadáver. Es una obra complicada, hecha para comentar, como la literatura. Ahí se pone bueno.
No puedes exprimir una verga para sacarle aceites esenciales y después hacer perfume. Tampoco existe un frasco de absoluto de vagina. Para hacer que un perfume huela a sexo hay que rodearlo, irle por la tangente. Hay que conocer el archivo aromático del mundo para escoger, entre miles de moléculas florales, frutales y amaderadas, aquellas que, nunca mejor dicho, den un aire propiamente de cogida. ¿Ves la imagen? ¿Ves cómo, igual que un poema, el perfume resulta ser siempre otra cosa?
Entonces, si para el amor pudiéramos elegir aromas, no estaría completamente loco quien propusiera, por ejemplo, el de pedo. Me explico: ¿has olido, sin odio ni resentimiento, hasta casi con cariño, el pedo de alguien que no amas? ¿Has permanecido en un cuarto después de que otro ser humano lo gaseó miserablemente y pensado: bueno, tampoco es para tanto, es su pancita? Más todavía: ¿a quién le concedes el privilegio de presenciar tu propia podredumbre sin convertirla en motivo de disculpa? Si el amor, perfume y poema y, por lo tanto, otra cosa, tiene un olor, aunque sea un poco debería tener de pedo.
Lo escatológico, así, sin mucho más ahondar, es romántico hasta donde se quiera. La privacidad, tan de uno, cuando se comparte, es muestra de complicidad, de entrega. Será entonces cariño. Será entonces amor. Y en la ropa sucia se guarda un poco de eso, menos espeso en su advertencia, más al alcance del día con día. Compartir tanto los olores vergonzosos como el envoltorio del cuerpo que los produce: un querer de a deveras.
Abnegadas, la madrecita mía y la madrecita suya lavaron mis calzones durante mis primeros años de vida como acto de amor. Obreras, Pachita, Pilar y María Eugenia lo hicieron durante otros más, por trabajo. Importante diferencia, pero ¿diferencia? El trabajo de amar al hijo. El trabajo de trabajar para que alguien trabaje y así demostrarle amor al hijo. Esa y otras paradojas. Porque ya tantito adulto, las dos veces que amé y viví con alguien, le dejé a quien me amaba, como parte de su trabajo de amor, que me lavara los calzones.
Además de a pedo, ¿el amor, perfume y poema, huele a calzón limpio o a calzón sucio?
Calibán
Maru: quiero decir trabajo para no decir que eres como de la familia tras más de veinte años aquí en una casa y en otra y en otra y en otra pero todas nuestras quiero decir de la familia. de la abuela la primera factura a tu nombre y la desconfianza al inicio igual que con todas los primeros días. hay un dicho. es que se van como las gatas sin despedirse pero tú no. te fuiste en su momento sí por no sé qué y regresaste poco después a esta tu casa como siempre. no te hubieras ido ves qué bien te tratamos aquí. es que eres como de la familia aunque nunca te lo hemos dicho. yo no sabía hacer ninguna de las cosas que haces. mi mamá sí pero a qué hora. mi abuela sí pero ya está grande. yo no. yo nunca. quiero decir trabajo una vez más para no decir amor aunque sé que hay un aprecio extraño e incongruente luego de tanto. la conciencia de clase se ensucia y se le tiene que alistar todos los días. el perfume nunca dura toda la semana. y cuidado con que los trastes huelan a choquía. y cuidado con que la ropa se despinte. y cuidado con que se ponga amarilla la que es blanca. ay esa maría eugenia mira cómo te dejó tu camisa toda percudida. la primera vez que dejaste de lavar mi ropa fue cuando viví en el mar. seis meses sin el sudor de mi entrepierna. el cuidado pago trasladado a las costas de baja california sur a cargo de otras manos que naturalizaron su función de lavar. luego trasladado a la casa heterosexual del hijo independizado a cargo de las mismas manos que naturalizaron su función de lavar. pero no has dejado de saber de mí. quizá nunca lo hagas hasta que quieras. es que eres como de la familia. lunes y jueves de cada semana. levantar el calcetín olvidado o perdido. lunes y jueves de cada semana. trapear por donde piso. lunes y jueves de cada semana. recoger el papel del baño. lunes y jueves de cada semana. toda acción de cuidado. toda acción excepto una.
Mamá: sabueso como ya dije. inspector. perito. perita su nombre. mamá. mamá manos. lavamanos. lavadora. yo no cocino porque tengo mamá. yo no lavo los trastes porque tengo mamá. yo no forro mis libretas porque tengo mamá. yo no lavo mi ropa porque tengo mamá. yo no plancho mi ropa porque tengo mamá. yo no ocupo trabajo porque tengo mamá. yo no reparo mis errores porque tengo mamá. yo no pido disculpas porque tengo mamá. ponte a lavar el patio. sí. con huevos pendejo. sí. ponte a barrer. sí. con huevos pendejo. sí. con las dos putas manos. sí. no te sientes huevón. sí. tienes atole en las venas. sí. no quieres hacer nada y para todo te tengo que convencer. sí. yo soy un hombre porque tengo mamá. si no fuera hijo ni fuera hombre mamá no sería mamá. naturalmente tengo mamá. naturalmente no sé lavar mi ropa porque tengo mamá. naturalmente soy hombre. lava tu uniforme de karate. sí. plancha tu uniforme de karate. sí. quieres dejar de ir a karate. sí. ayúdame a lavar los trastes. sí. quieres que yo lave los trastes. sí. adornamos el patio. sí. lo acabo de adornar yo sola porque ya te quieres ir. sí. necesitas dinero. sí. quieres que le pague un día a maru para que vaya a trabajar a tu casa. sí. te dejaste con vero. sí. sientes muy feo. sí. quisieras que vuelva. sí. pero quieres que dante se quede. sí. quieres que maru lave tu ropa. no.
Dante: hombre. tú y yo. hombres. es decir proveer. hombres o sea herramienta o sea arma o sea manos o sea verga o sea fuerza o sea puedes o sea soy cabrón o sea me la pelan o sea complemento o sea origen o sea costillar o sea no corresponde o sea no es natural que estemos juntos tú y yo. naturalmente hombres pero. no sé usar herramientas. tampoco tú. y entonces llegas un 30 de julio a vivir conmigo. si yo trabajo y yo proveo. hombres. si tú te maquillas. hombres. activo. hombres. pasivo. hombres. si yo trabajo y yo proveo y estoy todo el día afuera y tú te quedas en la casa con el gasto que yo te doy entonces no queda mucha duda de a quién le toca qué y quién es qué. hombres. entonces lavas la ropa y yo arreglo el jardín y lavo el patio de los perros y martillo los clavos y pongo los focos y mato las arañas y cuelgo los cuadros y te doy dinero para cuando necesites salir del calabozo que se volvió la casa donde decidiste vivir desde el 30 de julio. hombres. este perfume se lo compré a vero y nunca le gustó qué bueno que lo uses. te gusta cuando me pongo este perfume con oud. se supone que es muy masculino. me gustaría que oliera más fuerte. no proyecta porque le pones a la ropa mucho suavitel. Vero: lavaste mi ropa el mes que vivimos en puebla y te burlaste de que yo no la sabía lavar. inútil. qué no lavas tu ropa dijiste. la lava maru. pues la lava mal. y reprodujiste en mí tu construcción familiar de moral del lavado. sabueso. no te quites los zapatos cuando tengas calcetines blancos. no andes descalzo porque si te subes así a la cama se ensucian las sábanas. no dejes tu toalla hecha bola después de que te bañes porque va a oler feo. no uses zote para lavar ropa porque la deja oliendo a choquía. llegábamos a un lugar y te preguntaba quién de estas señoras se ve que lava mejor porque nadie excepto tú y tu mamá lavaban bien. lavaste mi ropa los seis meses que vivimos en baja california sur. ahí también cocinaste. después vivimos juntos. maru no va a lavar nuestra ropa porque la lava mal. entonces tú lavaste. y cocinaste. pero ya habías leído. calibán y la bruja. te cobro quinientos por lavarte la ropa. sí. quinientos al mes. sí. pagas más en la lavandería y ahí te percuden la blanca y no lavan tus calzones. sí. y también te cobro por cocinar porque es bien difícil ver qué te gusta y que tenga todos los grupos de alimentos y que esté rico. sí. te hago tus gorditas. sí. te hago tamales. sí. y ninguna comida me ha gustado más que la tuya. sabueso. sabes oler si está sudada mi camisa pero no distingues el azafrán de este perfume. y te enseñé. saliste de la caverna. mi colección se volvió nuestra los años que vivimos juntos. a qué olerá uno de pimienta rosa y cítricos. a qué uno de cardamomo y lirio del valle. y de tequila con sándalo. compra todos y nos arreglamos. pero te fuiste el 30 de julio y dejó de interesarme. me sigo poniendo diario perfume. sólo una vez al día. te llevaste los últimos dos que compramos. mis favoritos. ahora proyectan más en ti. sigues sin usar suavizante.
Tendedero
Jueves. 30 de julio. Pasadas las 12. No hablábamos desde hacía tres semanas, más o menos. Algún mensaje, sí. Hablar, nada. Escribiste diciendo que necesitabas ayuda. Esa ayuda era techo. Moko me dijo una vez: eres su orilla de alberca cuando da patadas de ahogado. Sí. Te saqué de muchos apuros, esta vez no sería diferente. Había opciones de dónde podrías vivir, pero ninguna era opción. Vamos a mi casa, te dije, hablo con Vero.
Apenas me contó que su psicólogo le dejó una tarea. Matada, la hizo y le dijo algo así como que le sorprendía el nivel de trabajo. Claro. Imagínate que sean las seis de la tarde de un jueves, después de haber amanecido temprano para correr con tus perros, después de haber lavado la ropa del que fue tu pareja por trece años, y luego irte ese mismo día de la casa que construiste porque la situación se te hacía insostenible. El nivel de trabajo.
Ese jueves, su ropa y mi ropa quedaron colgadas en el tendedero. Antes de irse, me pidió que las descolgara porque iba a llover. No lo hice. Se apestaron. Varias veces más fue por sus pendientes. Quedaron muchas cosas guardadas. Muchas, de hecho, siguen aquí. Le dije: me quedé con una blusa y un suéter tuyos. La blusa azul que me gustaba cuando lavaba la ropa. El suéter que se puso la primera vez que la vi muy bonita, en 2012. Aquí los tengo todavía, pero ya no huelen a ella.
Viernes. 25 de septiembre. Te dije: ya no regreses a la casa. La razón no importa. Pensé: si se fue ella, cualquier pérdida es soportable. El domingo voy por mis cosas, me dijiste. Peleamos por mensaje. Al final: sube, ya están algunas embolsadas. Cuando llegaste, no quise verte. Me escondí. Estaba en el patio. Te va a sorprender qué hacía: lavaba mi ropa. El problema es que no sé lavarla. Vero nunca me dijo su técnica y las veces que te ayudé, se me hacía enredada tu manera.
Hice lo siguiente:
- Separé de color y blanca (no quise lavar calzones).
- La puse al derecho.
- La metí en la lavadora.
- Llené la lavadora al tope.
- Le eché un chirris de jabón (ni idea de la medida).
- Seleccioné el modo “Jeans” a la lavadora y puse “Iniciar”.
- Esperé a que acabara y recordé que Vero la sacaba para tallarla a mano y que tú la volteabas para meterla otra vez en la lavadora y luego darle con un cepillo. Ambas cosas se me hicieron difíciles.
- Saqué cada prenda de la lavadora y la metí en una cubeta con Suavitel. A la verga. El perfume.
- Vacié el agua y volví a meter la ropa.
- Puse “Centrifugar”, la saqué y la colgué.
Ese domingo, cuando llegaste, estaba en el tendedero. Oí la puerta abrirse y me quedé sentado en la sombra, donde no me vieras. Yo sí te escuchaba. Escuchaba el bajar de las bolsas con lo relativamente poco que tenías. Aun así, te tardaste casi una hora en mudarte. ¿Qué tanto hacías? Yo, por ejemplo, veía el cielo. Poco a poco sentía vaciarse el cuarto en el que vivimos dos meses, casi. Escribí, para mí mismo: ¿Cómo puede verse el día tan hermoso si él se va? Tal vez quería que te fueras, tal vez por eso.
Por mensaje te dije que todo estaba embolsado, pero que si querías revisar, lo hicieras. Era mentira. Me quedé con una playera, la que usabas para lavar. No creo que te hayas dado cuenta porque no me reclamaste. Esa sí huele un poco a ti, todavía.
Al irte, escribiste: Me voy. Dejo abierto. Está bien. Y lo estaba. Subí a ver: el cuarto vacío. Entonces saqué tu playera escondida y la playera de Vero. Tal vez elegí esas y no otras porque me recordaban lo cotidiano. Verte y verla recién levantados, el pelo deshecho, poniendo el agua para la ropa. La confianza del olor, la sencillez de sentirme, de esa manera, cuidado y querido. Las puse juntas. Olí y olí y olí como si aspirar pudiera regresarme la forma de sus cuerpos a mi lado. Pero por mucho que vea con la nariz, la ropa es solamente ropa.
Antier un estudiante me dijo: se ve que ya lavas tu ropa. Me dio risa. No quise preguntar en qué se nota. Yo la quiero ver como si tú o Vero o mi mamá o Maru la hubieran lavado. Las manos que tallaron lo que yo apenas estoy aprendiendo fueron materiales para descubrir algo que seguramente no es lavar mi propia ropa. Seguramente la vaya a mandar a lavar a la lavandería cuando junte un poquito más de dinero. Renuncio a ese aprendizaje y a cualquier otro. No sé lavar mi ropa. Prefiero esta caverna. Pero si quieren regresar, alomejor la puerta está abierta.


Deja un comentario