Nosotros

Por medio de la presente, el que suscribe, ciudadano y profesor horas clase de la Prepa 55, Jesús Galindo, quiero declarar, ante el ojo público y para el juicio de la historia, que la ciudadana, maestra en docencia y profesora en funciones de subdirección en la Prepa 55, Verónica F. G., y quien suscribe, este pendejo, dimos por concluida nuestra relación sexoafectiva desde hace más o menos no sabemos cuánto, pero calculamos que por ahí entre abril y mayo, tal vez junio, aunque indiscutiblemente julio.

Si bien quien suscribe es, justamente, quien suscribe, el presente texto fue consensuado entre ambas partes porque, aunque ya no sostenemos una relación sexoafectiva desde hace más o menos quién sabe cuánto, seguimos siendo, ahí humildemente, la verga y un excelente equipo, lo que sea de cada quién pésele a quien le pese donde pisa leona gata no deja huella. Entiéndanse, entonces, estas palabras como pronunciadas desde dos bocas que hasta hace no tanto todavía se besaban honestamente y que, por ahora, por razones que tampoco corresponde desarrollar en este momento, han decidido dedicarse a besar otras bocas.

Considero (es decir, consideramos) que es importante declararnos al vacío de este poco visitado pero ocasionalmente leído blog porque no quiero (es decir, no queremos) que sean el chisme, la suspicacia, la zozobra, la mala leche, el cotilleo, la faramalla, las habladurías o las paparruchas las que den parte de lo que ocurre entre su seguro servidor y la mencionada ciudadana, quien ahora, además, es mi mera patrona y te callas.

Ni Verónica ni yo, en ningún momento, quisimos dar una falsa impresión de ser pareja cuando ya no lo éramos, aunque entendemos que nuestra cercanía y complicidad podría haberse interpretado como persistencia de la acaecida y previamente referida relación. Por lo tanto, comprendemos las interpretaciones incorrectas de nuestro vínculo y hasta las abrazamos con cariño, porque sabemos que la mayoría de las preguntas que nos hicieron nacieron de la genuina curiosidad y no del morbo. Así pues, si llegamos en vehículos diferentes al trabajo y regresamos en vehículos diferentes, es porque no vivimos junta y junto. Si cuando le preguntan a ella si se inundó por su casa responde que no y después me preguntan a mí y yo digo que sí, y eso genera la sospecha de que alguna de las dos partes está mintiendo, no se espanten, es que vivimos en municipios diferentes.

¿Que si hubo heridas? Por supuesto que sí y siguen doliendo como ocurre en cualquier relación. ¿Que si hubo resentimientos y coraje? Por supuesto que sí y seguramente seguirá habiéndolos. ¿Que si hay más personas? Por supuesto que sí y las seguirá habiendo como también las hubo de distintas maneras, porque nunca creímos que la monogamia obligatoria fuera nuestro camino, porque intentamos, a veces con más convicción que habilidad, otras formas de amar, y porque, si es por teoría y si es por concepto, nuestro amor tiene todavía un montón de cosas que no alcanzamos a discursar. ¿Que si entonces eran la verga, por qué no siguieron junta y junto? Porque, además de ser humildemente la verga, como he insistido, también somos humana y humano. Sobre todo yo, el que suscribe, este pendejo, que fue quien engordó de errores la relación y quien se hace responsable de ser quien suscribe esta declaración que se suscribe.

No hay, pues, escándalo qué perseguir ni cadáver qué levantar. Somos dos personas adultas que se amaron, que no han dejado de amarse y que quizá no dejarán de hacerlo, pero cuyo vínculo ya no es ni será el mismo que durante trece años fue, de esa manera específica y complicada en que fue. Dos personas que dejaron de hacer lo que fuera que venían haciendo bajo el nombre de pareja y que, por anomalía estadística, todavía se caen bien y el promedio mundial de gente se las pela.

Pienso (es decir, pensamos) que terminar una relación no significa de a fuerza destruir todo lo que hubo dentro de ella. Algunas cosas valieron olímpicamente madre, pero otras cambiaron de nombre y todavía estamos averiguando cuáles son cuáles. Mientras tanto, seguimos trabajando, riendo, preocupándonos el uno por la otra y la otra por el uno, echándonos la mano, encabronándonos y escribiendo en conjunto comunicados indispensables para la estabilidad política del país, de la Prepa y de nuestras respectivas familias.

Se extiende la presente para los fines legales, históricos, afectivos, laborales, chismográficos y de deslinde de responsabilidades a que haya lugar.

Como desde hace 27 años, cada 23 de septiembre echamos las banderitas rosa-morado-azules al viento por la llegada y celebración del Día Internacional de la Bisexualidad. Por extensión, septiembre entero termina convertido en una temporada política bisexual en la que no faltan espacios para echar consigna y explicar que sí existimos y que ni estamos confundidos ni somos una etapa de transición. Este mes suele vestirse de orgullo y colectividad cuando hay orgullo y cuando se construye colectividad.

Mientras escribo esto es 15 de septiembre. En la calle principal del fraccionamiento el tricolor patrio oculta el tricolor bisexual que nadie pondría, pero que me gustaría ver. Cuando este texto se publique, seguirá siendo septiembre ineludible. Si fuera estricto y coherente, debería aprovechar el mes efeméride y ponerme serio, académico incluso, y escribir alguna sesuda reflexión sobre cómo, en medio de la separación entre Verónica y yo, he tenido que reconocer de frente la bifobia que durante muchos años logró pasarme apenas de ladito. Pero no sé.

No oculto mi identidad sexual, aunque tampoco voy del todo por la vida anunciándola con saludos sonideros. Y no lo grito porque todavía siento vergüenza. Y también odio. Tal vez no el odio enorme de mis años universitarios, pero sí uno discreto y bien educado que me permite hablar de quién soy en algunos lugares, pero dejar el hocico bien cerrado en casi todos los demás. Si pudiera modificar alguna cosa de mi cuerpo, antes que la nariz heredada de mi padre, los cachetes de torta, la completa ausencia de nalgas, el cuello adelantado, la joroba de búfalo, los dientes torcidos, la panza, la piel grasosa, la promesa genética de quedarme calvo y todo el catálogo de desperfectos que enumero frente al espejo cada mañana, elegiría que no me gustaran los hombres. Disculpen, proudly bisexuals de septiembre. He fallado.

Hace poco alguien le preguntó a Verónica si nuestra separación había ocurrido porque yo me había metido con un hombre. ¡Con un hombre! Como si, no sé, fuera crimen de estado; como si juntar verga ajena y propia fuera atentado al bienestar universal. Obvio, a mi parecer, no tiene nada que ver.

Cuando Verónica y yo empezamos nuestra relación hace chorro de años, yo tenía novio. El Toño. NoviO, con O, pues; hombre. Y ella lo sabía. Jamás tuve la necesidad de hacer una revelación sorpresa. Así me conoció y así se enamoró de mí, sin lágrimas. Aunque saberlo tampoco hacía que fuera sencillo. Recuerdo que me decía que, si yo hubiera andado antes con una mujer, todo habría sido más fácil. Se habría puesto a competir por ver quién tenía más chichi, más nalga, quién era la más bonita, quién tenía más acá de este lado, quién más allá del otro. Una mamada competir de esa manera y por un hombre, pero un concurso con categorías conocidas. ¿Pero competir con un hombre? ¿Con un hombre? ¿Con él qué se compara una mujer? ¿Qué regla se usa para medirse qué?

Durante algún tiempo ese tema se quedó atorado en nuestra relación. ¿No será joto reprimido? ¿No será que en realidad le gustan los hombres y a mí me usa de tapadera? Porque para cierta imaginación heteronormada, la bisexualidad nunca acaba por existir. Es una sala de espera. Es un trámite. Es la coartada que resguarda al puto antes que se enfrente a la violencia que va a sufrir por confesar que, efectivamente, era bien puto.

En 2022 empezamos a relacionarnos desde la no monogamia. Y yo, particularmente, me convertí en asiduo participante del sexo casual con gente medio desconocida contactada por aplicaciones de ligue. Y con una disciplina deportiva de cazador gringo en tierra conquistada, me hice de una abultada lista de conquistas cuya mayor proporción de participantes la integraban hombres cis.

Verónica siempre lo supo. Bueno, casi siempre. Sabía a dónde, a qué hora y hasta cuánto me gastaba. Una administración sexoafectiva bastante menos clandestina y dolorosa que muchas monogamias ejemplares, validadas ante los ojos de Dios que han hecho uso de nuestra historia y nuestra separación como comidilla. Entre ella y yo no hubo necesidad de detectives que fueran rastreando pistas o de policías ministeriales que arrancaran la confesión a putazo discreto. Tuvimos acuerdos y conversaciones y el tiempo necesario para entender el sentir propio y el de la otredad. Nuestra vida sexoafectiva continuó tierna y cariñosamente varios años con toda la normalidad posible para nuestros parámetros anormales.

Los hombres nunca fueron el secreto. El secreto era la vergüenza. Y ni siquiera. No lo sé. No lo tengo claro. Casi un año construyendo herramientas, poniendo nombres, identificando patrones, haciendo el inventario de mis impulsos para descubrir qué chingados estaba intentando tapar con tanto cuerpo prestado. Casi un año armándome un código ético relacional, un reglamento interno para no hacerme mierda ni hacer mierda a quienes se acercaran demasiado. Casi un año de terapia individual y de pareja intentando resignificar lo nuestro, desarmarlo, volverlo a armar, ponerle palabras nuevas a cosas viejas. Tanto trabajo. Tanta libertad cuidadosamente construida. Tanto acuerdo. Tanta disposición a aprender, a entender, a escucharnos. Tanto vocabulario recién estrenado para nombrarnos, para explicar qué queríamos, qué podíamos, qué nos dolía. Y aun así no alcancé. No he alcanzado. No entiendo por qué, teniendo tantas palabras para explicarme, decidí hacer algo para lo que todavía no encuentro ninguna. Lastimar a Verónica. ¡Con un hombre!

Como ya dije, hombres hubo muchos. Cuerpos masculinos varios pasaron por mi piel, por hoteles, casas ajenas, casas propias, geografías rápidas de encuentro en corto para encuerarse y ya a la verga. No, nunca fue eso. Nunca fue un hombre como categoría amenazante para Verónica, como prueba definitiva de nada. No fue porque fuera un hombre. Fue por qué hombre fue.

Una vez escribí un libro. Una plaquette, más bien, porque era chiquito. Lo mandé a una convocatoria y salió seleccionado. Quimbumba de la verdá, se llamó. Quería que tuviera elementos rítmicos de la cumbia, por eso lo de Quimbumba. Estaba pensado para explicarme por qué había lastimado a Verónica (por eso lo de ver) por haberme enamorado de un hombre (por eso lo de ). Eso fue a finales de 2021 y a inicios de 2022. O sea que este pedo ya tiene tiempo fermentando.

Además, el que fuera de la verdá tenía que ver con decir, de alguna manera, que era bisexual. El tema, pues. Uno se repite. Me quitas ese sufrimiento y me quitas la personalidad. No soy nadie sin decir que eso me duele. Ni soy nadie sin usar ese dolor para explicar el dolor que le causo a más personas. Ni soy nadie sin usar la explicación de mi dolor como explicación para el dolor causado como escudo para no hacerme responsable de mi dolor o del dolor causado. Es un pedo, pues. Un revoltijo.

Y de esa separación de aquella vez, me recuerdo sufriendo por Verónica, por el hombre del que me enamoré y no me pelaba y porque mi mamá estaba terriblemente decepcionada de mí. Mi madre que ha dado su vida para que yo fuera una persona casi funcional, casi un adulto bien integrado al capitalismo caníbal. Y por ella escribí el fragmento de un poema y un poema completo en aquella plaquette, Quimbumba de la verdá.

pero entonces recuerdo
mis años de secundaria
(¡puto! !puto!)
los comentarios de mis tías
(¡putos!)
las inseguridades de mi exesposa
(¿puto?)
y cada que la gfa me decía
¿a poco me vas a dejar sin nietos?
[Entra la gfa de trabajar ve el Exatlón equipo rojo soy el gallo cimarrón el que canta en la floresta]

tampoco esta tensión es de novela, vaya
con el vestido de lunares del Menchaca
ya me hice de cortinas, coche y casa
pero a eso de llevar en el fondo de la sangre
dos sangres latiendo

no
no puede
por más que se las dé
creo ques su miedo

[El quejido al aire la gfa sólo siente llamar y no llama y lo que se dice llama llama es ella más bien que se alebresta escuela de Napoleón gallo de espolón y cresta corre muchacho corre valiente que la gallina que la gallina viene de oriente]

ay, pienso
qué explicarle que no sepa
qué mostrar que no haya visto, pues
si hasta me dio sus llaves
ese es su miedo, igual
yo no comía

[No bastó la saciedad de la niña más hermosa la gfa se pregunta qué hizo qué hicieron qué hicimos porque se veían tan bien y duraron tantos años juntos pues ella sí se equivocó pero yo no crie un patán hijo y marca “¿cómo te sientes?” pobrecita si me muero con quién va a andar una sombra compañera que sufra igual]

Sí, yo trato de ignorar todo
es terrible la idea de decirle qué pedo
porque manchado manchado, tantito
“ya me dejaste sin nietos”, oye
y es su miedo

[“¿cómo te fue?” la gfa también la aborda “ya no habla, siento que no lo conozco” sabiendo su autoridad chantaje corre muchacho corre a caballo que la gallina que la gallina tiene otro gallo y sabe que cada que pasa huyo o me equivoco ques casi casi lo mismo]

Te pido dos cosas, le dije:
1) perdón
2) que no te metas
pero no sé ella, si bien que sabe
don Mariano hasta su muerte el secreto se llevó
obvio, cuántos años
ese es su miedo
junto al río de los perros duele el viento y su verdá

[No reconoció su error (esque qué error) (cómo que qué error) (la Versión es esta) (Da Vibras de otra cosa) maldice el hombre dando de gritos porque el muchacho porque el muchacho baila solito]

Terminar un vínculo sexoafectivo de años es más que decirnos que ya no vamos a dormir en la misma cama ni vamos a vivir en la misma casa ni vamos a cenar todas las noches en la misma mesa tomando agua del mismo pocillo para preparar un café y un té, precisamente un café y un té. Es más que decir quién se va a quedar con el coche y quién con los perros y cuánto dinero corresponde a qué deuda y cómo nos ponemos a mano con lo que pusimos aquí y lo que perdimos allá. Es más que extrañarte porque nadie me conoce como tú y que me extrañes porque nadie te comprende como yo. Es más que mentir porque somos tantas personas que cómo no va a haber más personas que nos conozcan o nos comprendan.

Terminar un vínculo sexoafectivo es terminar con las relaciones que se establecían a partir de ese vínculo sexoafectivo, hayan existido o no. Regreso a mi mamá, por ejemplo. Ella tenía una relación con un hipotético nieto o nieta. Y cuando Verónica y yo nos separamos a finales de 2021 y principios de 2022, me dijo: ya me dejaste sin nietos. Y en esta ocasión, la primera vez que habló conmigo y lloró y lloré porque Verónica se iba de la casa, me volvió a decir: ya me dejaste sin nietos.

Hay una homofobia ahí escondida, entendible y no por ello menos dolorosa para mí. Y para Verónica también, que llegó a pedir que, por favor, no volviéramos a hablar de su capacidad reproductiva, que no era una máquina de bebés. Esta última vez que mi mamá me dijo eso, aclaró rápidamente que el hecho de que se quedaba sin nietos no tenía que ver con que estuviera con un hombre. ¡Con un hombre! Pero sé que sí. Por lo menos en algún punto.

Yo también quería hijos. Todavía quiero, de hecho. Pero estoy con un hombre. Y más allá del cuajo, no me veo subrogando vientres ni teniendo la solvencia para adoptar. Y no veo al citado hombre como padre de nada. Entonces añado y modifico: Yo quería hijos con Verónica. Fue algo que intentamos un tiempo y luego no y luego sí y luego no. Y luego sí. Y luego nunca más. Cuando se enteró del hombre que resultó ser El Hombre, estábamos en tratamiento de fertilidad. Estábamos y, al enterarse, me dijo: ya no. Tipo Idea Vilariño: no viviremos juntos / no criaré a tu hijo.

Entonces terminar el vínculo fue también terminar el vínculo con el hijo o la hija o le hije que no tuvimos y que no tendremos y a quien le hice varios videos contándole cosas ridículas sin más. Una especie de vlog para que experimentara el cringe que puedo dar. Empezaba diciendo: Querida hija o hijo, este día tu mamá y yo estamos pintando el que es nuestro cuarto en 2022. Querida hija o hijo, este día estamos poniendo nuestro tercer árbol de navidad. Querida hija o hijo… Todavía guardo esos videos y Verónica también. Apenas vimos uno y coincidimos en llorar por lo que no fue.

Pero no sólo es lo que no fue, sino lo que estaba siendo. Porque un vínculo sexoafectivo es el conjunto de vínculos que le rodean en común. Y entonces me separé de ella y ella se separó de mí por más o menos común acuerdo, pero nadie le preguntó a su hermana si quería dejar de ser mi cuñada; nadie le preguntó a mi mamá si quería dejar de ser su suegra; nadie le dijo a su abuelita si quería que dejara de ir todos los domingos a su casa a tomar café y hablar mal de quien menos se esperara; nadie le preguntó a mi familia si no iban a extrañar a Verónica porque era la que ponía el ambiente en las reuniones familiares. Uno termina la relación como puede y va dejando un cagadero por donde pasa. Cuando digo uno, más bien quiero decir que yo.

Mi mamá dice que la dejé sin nietos y el que me dijera eso me encabronaba un chingo porque me sonaba a su sospecha siempre presente de que mi valor como persona dependía de estar en un vínculo reproductivo, es decir, heteronormado, por lo que estar con hombres significaba clausurar la línea genealógica del preciosísimo apellido y cómo. ¡Con un hombre! Y un poco sí, eh. Un poco, o un mucho, la dejé sin nietos. Y me dejé sin hijos. Pero entiendo que ella también está haciendo su propio duelo; sí homofóbico y sí chantajista, pero su duelo. Ella también se había hecho ilusiones y había empezado a gestar una posibilidad que no le pertenecía y que, aun así, le robé. Culeca, pues.

Por eso Verónica y yo seguimos guardando esos videos. No habrá destinatario, o eso es lo más probable en este momento. Apenas me dijo que no vamos a cumplir con ese proyecto pendiente, a pesar de que somos humildemente la verga y un gran equipo y posiblemente una gran mamá y un gran papá. Pero igual me dijo que nunca en la vida hubiera habido un hijo más deseado que el nuestro. Por lo menos yo guardo los videos porque el tiempo existe y hubo una época en que esa criatura metafísica fue tan real como Dios para los religiosos. Ese hubiera sido el futuro que me hubiera gustado. Ese hubiera sido el futuro. Después pasó lo que pasó y entre todas las cosas que rompí, también estaba esa.

Voy a explicarle al público lector, muñeca, que a inicios de este año empecé a leer un libro de cartas llamado El matrimonio anarquista, escrito en conjunto por Begoña Méndez y Nadal Suau. En este libro, ella y él intentan explorar sus dilemas relacionales en cartas sumamente íntimas e interesantes, cada una con una voz muy independiente y particular.

Voy a explicarle al público lector, muñeca, que la primera carta que te mandé fue el domingo 5 de abril a las 9 de la mañana. Y que la primera que me contestaste fue del 7 de abril. Y que, hasta ahora, me has contestado dos. Y voy a explicar también que esas cartas tenían la intención de ser publicadas en una plaquette a modo de homenaje al libro de Begoña Méndez y Nadal Suau, El matrimonio anarquista. Y voy a explicar que esta, en ese sentido, va a ser la Carta 17, la primera en hacerse pública y la única quizá.

Hoy, 15 de septiembre, estábamos en junta mientras escribía la primera parte de este texto. Te lo di a leer. Después fuimos a comer tacos. En el camino te pregunté qué pensabas y me dijiste que no te gustaba que fuera cínico, que no me tomara en serio lo que había pasado. Pero también me dijiste que no sabías qué hacer. Que no estabas segura si querías una disculpa pública, que no tenías claro si la disculpa pública era una forma de reparación del daño, que no sabías si querías verme sufrir o protegerme.

El sábado pasado fuimos a un evento en Puebla. Fuiste en calidad de subdirectora de la Prepa y yo en calidad de tu acompañante, quizá hasta de tu pareja. Llegamos en la camioneta de mi mamá acompañadxs de mi mamá y mi tía. La idea era regresar el mismo día, pero elegiste quedarte. Para mí, eso fue una declaración tanto o más clara que la que abre este texto. Yo, por mi parte, hice otra el domingo. Elegimos afrontar. Humildemente la verga.

En tu afrontar, le dijiste al jefe: Chucho y yo ya no somos pareja. Pero, ¿desde cuándo? Y, más importante aún para mí: sí, no somos pareja… si no somos pareja, ¿cómo podríamos describir qué nos mantiene unidos? ¿Desde cuándo no lo somos? ¿Qué significa no serlo?

Para mí nada de eso está del todo claro, ¿sabes? O sí, no sé. Yo estoy contigo porque del barco de ser tu equipo nadie me baja; porque te tengo absoluta lealtad en el trabajo y en lo que pueda de tu vida. ¿Tú?

Pero terminar, lo que se dice terminar, ¿entonces no? ¿O sí? ¿Terminar qué? ¿Qué se termina cuando se duerme en distinta casa, pero se vive 12 horas en la misma escuela y en la misma oficina? ¿Qué se termina si desde abril querías irte? ¿Qué se termina si desde antes de irte ya te había lastimado? ¿Qué se termina que no terminó a finales de 2021 e inicios de 2022? ¿Qué se termina que no haya escrito en la Quimbumba de la verdá? ¿Qué se terminó cuando apareció él? ¿Qué él? No, ahí sí no tengo duda.

Yo me la he pasado preguntándome los porqués. Y, como dije antes, no los encuentro. ¿Te acuerdas que te decía que la terapia cognitivo-conductual como que no era el enfoque que buscaba? ¿Te acuerdas que bromeábamos con que si no existían ni Dios ni el inconsciente ni el mentado niño interior, por qué carambas repetía yo ese patrón tan destructivo? ¿Te acuerdas que tu aproximación era mucho menos victimista y más concreta que la mía? No voy a decir tu respuesta porque esto va a hacerse público y, como digo, una cosa es la honestidad y otra el suicidio, pero la conoces.

Yo me la he pasado preguntándome los porqués, pero encontrar o no la respuesta no equivale a asumir la responsabilidad de lo que hice y de las consecuencias. ¿Qué significó para ti que hiciera lo que hice? ¿Qué significó que te orillé a salirte de la que fue tu casa por seis años? ¿Qué significó que no te dejé más alternativas que dejar a tus perros y a tus gatos y a tus plantas? ¿Qué significó que metí a vivir a alguien al espacio que fue nuestro (y qué nuestro fue)?

Hace rato decías que querías que quedara claro que yo asumía la responsabilidad de lo que pasó y créeme que la asumo, pero no sé asumir las cosas sin ser cínico, como dijiste. ¿Te acuerdas que ese era un tema cuando empecé mi terapia? Que me ponías muchos adjetivos. Cínico era uno de ellos. Uno constante. ¿Pero cómo distingo el cinismo de la descripción? ¿Cómo separo el yo que narra del yo que se arrepiente?

Te extraño mucho y hoy te dije y no supimos hablar de otra cosa más que de la nostalgia que nos da estar separados. Qué tonos / qué locos / somos tú y yo / estando con otros / y amándonos. Pero ni eso. ¿O sí? No creo. Hemos amado a más personas y no nos separamos. ¿Entonces? No respondas, esa sí me la sé.

Si quisiera cumplir con la estructura de un ensayo acá chido, tendría ahora que abordar el punto de qué fue lo que hice, quién fue aquel él que, más que por hombre fue por ser específicamente ese él que nos separamos. Pero no voy a hacer eso por el bien de la literatura. Esas tensiones quedan tensas, con perdón del público lector.

De cualquier forma, No me canso de aprender de ti, como decía la canción que íbamos a bailar en nuestra boda, ¿te acuerdas? Pero hoy me dijiste que si algo terminó fue el día en que te dije que viviría con él. Algo como un matrimonio igualitario, una victoria política y la derrota de lo que éramos tú y yo. Una derrota horrible, ¿te acuerdas que te conté? Dos personas a las nueve de la mañana en el registro civil un martes sin nadie más que la oficial. Mi boda. Aunque la nuestra nunca pasó de proyecto. Ni siquiera grabamos un video pensando en la boda. Pero sí una canción de vals.

Yo pensé seriamente en vivir contigo hasta morirme una vez que fui a Veracruz y vi a la orquesta sinfónica de la marina tocar danzón en la plaza de armas. Frente a los músicos, un montón de parejas bailando danzón. Pensé en ti y en mí bailando eso, específicamente en nuestra boda. El Danzón Número 2 de Arturo Márquez. Nuestra boda que iba a ser saliendo de la Prepa, ¿te acuerdas? Hace doce años. Hasta estábamos pensando en qué maestros invitar a ser padrinos. Toñita sería de invitaciones. Esa vez de Veracruz fue la primera vez que le hablé a mi tía Aurora de ti y de que estaba enamorado. Y a Héctor. Mi tía Lilia ya te conocía. Y mi mamá. Y todavía alcancé a contarle a mi abuelita de ti. Y todavía alcanzaste a verla.

¿Tú cuándo pensaste en vivir seriamente conmigo? No querías, creo yo. No al principio. Siento que así soy. Que la gente mucho mucho no me quiere al principio, pero me la gano. Me hago necesario. Indispensable. Así me dice, con sorna, David: la vieja técnica de hacerte necesario. Me lo dice en mala leche, claro. Y me lo dice por ya sabes quién. ¿Pero cuándo me viste necesario? ¿Me hubieras querido aunque no fuera necesario? ¿Soy necesario aunque ya no soy tu pareja? ¿Me sigues queriendo?

Yo sí. Me enamoras con todo / con un simple detalle, dice de nuevo esa canción. Pienso en ella seguido. En esa y en otras. En ti, pues, pienso seguido. Porque te extraño. Porque quisiera que no hubiera hecho lo que hice. Francamente no es que mi vida sea mejor. David, de nuevo, me dijo con sorna: ya tienes lo que querías, ¿ahora estás feliz? No, no del todo al menos. Tú me conoces. ¿Pero qué hago? No respondas, sé qué hacer, pero no quiero. No tengo fuerza. ¿Pero tuve fuerzas para dejarte ir? No, pero tú sí tuviste fuerzas para irte.

Perdóname, muñeca. Te juro que te adoro / y en nombre de este amor y por tu bien / te digo adiós.

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