Café del mar

El sol poniéndose. Intuíamos,
aunque los relojes detuvieron su curso
cuando cruzamos
el umbral del primer café. Húmedo
el aire de afuera y al cerrarle la puerta,
se dejó de ver el incendio
sobre el océano encapotado.
Domesticadas las dos sombras
en la arena, alejadas
cada una, prudentes, como ríos juntos,
fluyendo al mismo ritmo sin tocarse.
Por eso nos urgía. Por eso. Y ahí estuvo.
Ocultos los demás
colores en su interior, sólo
el tragaluz contiguo a nuestra mesa
parecía encendido en rojo
desde que tomamos asiento.
Ocultos también, sin otro
testimonio más que el cielo cayéndose
en sangre a ambos lados de las sillas,
figuras de vapor alrededor
de tu boca y mi boca contorneaban
vocalizaciones sin sentido.
En el cuello, las venas distendidas
a pesar de lo tranquilo. A punto.
Quizá llueva, dijimos en vampiro.
Enternecía algo parecido a un trueno,
por fuera de la línea de horizonte,
el silbar que se escabullía entre las ventanas.
No permitimos que el sudor nos escaldara
por completo debajo de la ropa. Esa humedad
percolaba dentro de nuestra piel
a través de las heridas.
De cereza y siete mares nuestro aliento.
La solidez de un orgullo enrarecido
germinando de entre las dunas
constreñía
el inhalar de cualquier otra cosa.
Una boa de vapor, un intento fallido de abrazo.
Todo a la distancia.

No hay más momento, sólo este.
La dignidad de sólo este. Lejos
todo lo demás, lejos
los peligros de la luz.
¿Acaso esa sombra alborada sería
suficiente para resguardarte
de mi vergüenza?
¿Acaso este paréntesis de fuego?
¿Acaso las olas de pleamar borrarán
los pies de la playa y mis dedos de tu piel?
Acaso, pensaba. Pero la certeza
del error era absoluta
como absoluto el sopor de nuestras frentes.
Acaso. Y no dejo de pensar que pronto
el sol terminará de ponerse
y su sinfonía de herrumbes dará
lugar a nuestra verdadera tez bajo la luna.
Acaso… y entonces ríes. No puedo
dejar de pensar que el rojo
es el único color
que estoy dispuesto a seguir
viendo después de que amanezca.

–¿Qué dices? ¿Bailamos?
–Pero si has dicho que no te gusta ni un poco.
–Me han mordido tantos perros ya en el cuello.
Soy inmune a su rabia.

Conmigo sí es posible, seguro
lo has repetido muchas veces.
Yo también acostumbro mentir. De hecho,
entre estos muros sólo discurren mentiras.
No basta la penumbra
encendida por la fricción de casi tocarse.
Su materia parece absurda de sacrificial.
Nos es poco el Dios posible
entre las letras de su saliva.
Quien diga lo que es, miente.
Como verdad el ansia
presa de la evaporación
debajo de tus axilas.
Unido por su red de agua
a cada objeto dentro de este café para ciegos,
quiero caer frente a la playa ardiendo,
una playa vedada para postrarse.

No obstante, exhalamos.
Sea lo que haya dicho, créeme,
así como que el sol se pone
o que cuando nos vayamos del café nunca
podré volver a abrir los ojos
aunque lo quiera.
No tengo miedo en este momento,
no en este momento.
Dejamos el lugar. Por el camino de salida
gritamos hasta que nos sangró la boca
y cuando por fin la arena y todo
lo que alcanzaba a percibirse era mar negro,
quedamos completamente callados.
Con el cuerpo repleto en el cebo
de tanto apretar tu mano, te solté
y di unos pasos sobre la playa hasta el borde,
queriendo la aridez de su frontera.
Hice una reverencia al tiempo,
al interludio que vivimos.
Todo acaba. Incluso
lo que está detenido.
Te lanzaste
al remolino de agua sin miedo.
Mientras, yo en la orilla
asido a la realidad del calor.
Cruzaste tus brazos extendidos
al frente para entrar al agua
como la flecha de los sucesos,
con el cuello infinito
estirando palabras que no alcancé
a entender. Ahí el tiempo
otra vez se detuvo,
reafirmó su inmanencia
ya con el sol muerto de pena, ya
en la antesala de su suicidio.
En un vuelo suspendido
tu talle, tú,
línea de costa infinita.
Estar, presenciar ese ambiente de dispendio,
la premonición del final seguro,
esa plenitud, eso era todo.
Me abandoné a tu cauce y a la lluvia.

Tuvimos razón, pensé en presa.
Los goterones quemaban mi cara.
El mar helado sostenía nuestros restos, levitando
del ardor entre cielo y fondo.
Las ondas sobre el agua hacían eco de mi cuerpo.
Una tectónica de querer levantarme
cordillera sobre el lecho.
Pequeñas olas rompían en la quebrada de tu cintura.
Ambos flotando de cara al púrpura
de todos los finales. Aleteando
entre los dedos de mis pies, los tuyos,
peces como escapando de la atarraya
que se avienta estando oscuro
para que no se sospeche.
La tímida línea que separaba
tu cuerpo del mío se hizo
inmensa al dormir por completo la tarde.
Y al morir la misma.
Y al morirnos sangre.
Tu sangre. La mía.
¿Quién mordió a quién? Aún me pregunto.
No quise ver nada más. Sólo sentí.
Disueltos. Los dientes. Las bocas. La respiración.
Después siguió mucha luz
para dejar de pensar en eso.
Al final, mentí. Mis ojos se abrieron. Era de día.
El cielo despejado. El riesgo.
Había muchos colores. Estaban todos.
Salimos del agua antes de darnos cuenta,
ilusos de su purificación.

Chucho G. Galindo

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