Cierva de miedo por mi fin cercano
o feliz corza por mi nacimiento,
entre dos puntos fundo mi lamento,
que nacer y morir van de la mano.
—Griselda Álvarez
Hay prisa y una maleta lista para ser empacada. Apagaste las luces, cerré las puertas y nos metimos al coche. Con los charcos del pavimento reflejando el alumbrado salimos de casa. No voy a preguntar a dónde. Mientras la noche, el único peligro está sentado junto a mí.
Arrancas. Avanzas. Aceleras. Me pregunto: ¿Seré la siguiente?
Llevamos dos horas de camino. Sin importarte que llueva, tu pie está fijo sobre el pedal. Sólo el silbido que se cuela entre las ventanas rompe el silencio. Un letrero devuelve las luces del auto a través del parabrisas: Gasolinera a un kilómetro. Esperanza.
—¿Quieres comprar algo? —te pregunto aterrada.
Balbuceas que sí y me regresa el alma. Fue un error comprar el coche y enseñarte a manejar. Quizá, cuando amanezca, estaremos lo suficientemente lejos del pasado.
Al entrar al autoservicio, enderezas el torso para parecer aún más alto. Estúpida, se me acumulan las equivocaciones. Pensé que te calmaría la noche, manejar, dejar todo lo que hiciste en el camino y ver hacia adelante. En mi cabeza, como tumor, crece la duda: ¿Seré la siguiente?
El empleado, acostumbrado a que mucho de lo malo sucede a esta hora, te mira como yo lo hago. Empiezo a sudar y a preocuparme porque no se puede escapar toda la vida. ¿Qué harás cuando yo no esté? ¿Qué harás si soy la siguiente?
Sabemos que, de llegar primero con él, volverás a hacerlo. Miro en tus sienes la marca del pulso y cómo van enrojeciéndose tus ojos. Son tres metros en línea recta hacia el mostrador. Veo que preparas las piernas. Con la fuerza de mis cincuenta y tres años, levanto el brazo izquierdo y lo pego en tu pecho. Como siempre contigo, no hicieron falta palabras. ¡Alto!, pienso.
Tomo mi bolsa y el ritmo lluvioso de mis zapatillas se impone. Aún hay respeto: No bajo el brazo ni tú lo quitas. Gracias a Dios, llegué primero.
—Buenas noches. Solamente unos cigarros. También cóbrate esto.
El cajero me nota cierva. Sólo el orgullo me mantiene. Tengo que usar ambas manos para sacar el dinero.
Algo pasa. Tus ojos, que hace unos segundos eran pura sangre, ahora están ausentes, casi idos, empapados como mi espalda. Mejor te tomo con ternura entre mi cuerpo helado en lo que el cajero busca el cambio. Pese a los años, un hijo siempre será un hijo. En el abrazo sueltas un gemido infantil y desengarrotas el cuello. El cambio está listo.
—Gracias.
Pero todavía no he ganado. Estúpida, te suelto y confirmo cómo has crecido. Aunque estás gigante, me ves como si imploraras al cielo. Sabes conmoverme. Y tienes razón. Una madre nunca deja de ser madre.
Te sonrío, cómplice, y vuelvo a ver en tu rostro el gesto del niño que vas a ser siempre. El pobre empleado nos ve ahogados en nuestra felicidad. Asustado, quiere llamar a alguien cuando ve que ya hemos decidido quién será el siguiente. Tiembla como yo temblé hace unos minutos.
Te amo.
Chucho G. Galindo

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