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Se conocieron en los bordes diluidos de una acuarela de marismas. En una ilustración de los Everglades coronando el laboratorio de un investigador prestigiado. La primera ilusión de cercanía fue en la profundidad de un paisaje asentado en la Sierra Nevada de su juventud a destiempo. En realidad, se conocieron en un bosque de galería.
–Va a brotar en la grieta, la de siempre, el deseo, porque así es el agua, toma su cauce. ¿Y qué vamos a hacer? Presionar su nivel freático. Cortejarle la garganta al manantial. Verlo, directo a su ojo de agua, como ante un salto de ángel: el fin del mundo. Cascada inmóvil, sin caer, pero pensando, pero creyendo. Una gota de agua y disolverse en su plexo, juncal. Caer al final, no importa cómo.
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Se acercaron por el sonido gutural de los afluentes gemidos de las piedras. El canto salpicado por la escorrentía, como espejo. Llegaron siguiendo un brazo diminuto, se vieron estuario y respiraron. La coherencia circular hacia donde van todas las aguas a tomar su última forma y después ser agua nueva. Sestear. Meandrear. Zambullirse en la turbidez. Disponerse a ser atravesados bajo su propio riesgo. Más allá de ver, desear el cruce de orilla a orilla. Bajar barro hasta su cieno. Crecerse raíces.
–No es tiempo todavía. Le canto al tálamo que frene, ¿qué no está viendo? La naturaleza de los nacimientos debe mantenerse pura. No vamos a tomarnos de la mano en los bailes, con algo de miedo, para perdernos entre la multitud que profundiza los candados de su cintura superior al aire del son montuno. No todavía. Al cabo la tierra va a seguir oliendo a fermento de ramas y hojas.
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La subida suena fuerte para quien sabe escucharla. El arce, el aliso y el ahuejote contraen su orilla ante presencias desconocidas. Están demasiado cerca, lo sienten en sus pasos. El río sabe que estos hombres son de otras tierras. Aún no meten sus pies al limo. Bajo su propio riesgo que entren si quieren, que pierdan el tiempo a ver si se encuentran. Va a dejarlos. La creciente no perdona. Todo a su tiempo.
–Me postro ante el lado izquierdo de su cuello como si escuchara los milímetros de mercurio de la presión diastólica. Cuando escribe, mi mirada le desgrana, guanábana madura. Y siento meterme en la corriente brava de sus venas. Debería erigir un albarradón para rodearle, pero el placer… Casi suena el agua que se acerca. Ante todo, celebro mi silencio. Cada gesto suyo me devuelve la angostura de que soy culpable. En el movimiento de su fracción fluida reconozco el principio de mi derrota.
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Caminan por el cauce como por su casa. Soberbios, creen saber dónde pisar para no ser una molestia, para que nadie se desquite. Más de uno ha nacido y muerto en el agua. Más de uno ha sido bautizado y preñado por el río.
–Nos empañamos del vaho de otras imágenes hirviendo. Nos miramos de agua turbia. El sol quema con más fuerza los hombros que se refugian tras la virtud. Nosotros diríamos que no nos importa, pero aquí estamos, pactando un espejo para trazar nuestros pasos reflejados en dirección opuesta. Raquíticos, cada uno hacia otro lado, por el mismo camino, invisibles sobre el musgo.
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Frente a una espesura así, poco sentido tiene seguir con los ojos puestos dentro de sus cuencas. Cuando se vive el hambre del río, poco sentido tiene hablar de luz. Si hoy se preguntan, sus ojos flotan todavía, como si antes hubieran visto la ética del cauce sobre a la arrogancia humana.
Chucho G. Galindo

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